Catequesis Eucaristía Juan Pablo II
Catequesis sobre la Eucaristía.
Audiencia General del Miércoles 13 de septiembre de 1989.
Por: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net
1. La promesa de Jesús: “...seréis bautizados en el Espíritu Santo
dentro de pocos días” (Hch 1, 5) significa que existe un vínculo entre el
Espíritu Santo y el bautismo. Lo hemos visto en la anterior catequesis, en la
que, partiendo del bautismo de penitencia que Juan impartía en el Jordán
anunciando la venida de Cristo, nos hemos acercado a Aquel que bautizará “en
Espíritu Santo y fuego”. Nos hemos acercado también a aquel único bautismo con
que debía ser bautizado Él mismo (cf. Mc 10, 38): el sacrificio de la cruz, que
ofreció Cristo “por el Espíritu Eterno” (Hb 9, 14) hasta el punto de hacerse
“el último Adán” y, como tal, “espíritu que da vida”, según lo que dice San
Pablo (cf. 1 Co 15, 45). Sabemos que Cristo “dio” a los Apóstoles el Espíritu
que da vida el día de la Resurrección (cf. Jn 20, 22) y, a continuación, en la
solemnidad de Pentecostés, cuando todos quedaron “llenos del Espíritu Santo”
(Hch 2, 4).
2. Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu existe, por
tanto, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía renueva místicamente el
sacrificio redentor de Cristo, es fácil, por lo demás, entender el vínculo
intrínseco que existe entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la
Iglesia mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu Santo la
constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía y la orienta hacia la
Eucaristía.
Jesús había dicho en una de sus parábolas: “El Reino de los Cielos es semejante
a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo” (Mt 22, 2). La Eucaristía
constituye la anticipación sacramental y en cierto sentido una “pregustación”
de aquel banquete real que el Apocalipsis llama “el banquete del Cordero” (cf.
Ap 19, 9). El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de su
prefiguración y anticipación eucarística, es el Cordero que “borró los pecados
del mundo”, el Redentor.
3. En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando los Apóstoles, y
junto con ellos los demás discípulos y confesores de Cristo, son “bautizados en
Espíritu”, la Eucaristía es y permanece hasta el fin de los tiempos el
sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo.
En Ella está presente “la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se
ofreció a sí mismo sin tacha a Dios” (Hb 9, 14); la sangre “derramada por
muchos” (Mc 14, 24) “para perdón de los pecados” (Mt 26, 28); la sangre que
“purificará de las obras muertas nuestra conciencia” (cf. Hb 9, 14); la “sangre
de la alianza” (Mt 26, 28). Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara:
“Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre” (Lc 22, 20; cf. 1 Co 11, 25), y
recomienda a los Apóstoles: “haced esto en recuerdo mío” (Lc 22, 19).
En la Eucaristía —cada vez— se renueva (es decir, se realiza nuevamente) el
sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo una sola vez al Padre
en la cruz para la redención del mundo. Dice la Encíclica Dominum et
Vivificantem que “en el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está
presente y actúa... El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto
totalmente a esta acción... que del sufrimiento hace brotar el eterno amor
salvífico” (n. 40).
4. La Eucaristía es el sacramento de este amor redentor, estrechamente
vinculado a la presencia del Espíritu Santo y a su acción. ¿Cómo no recordar,
en este momento, las palabras pronunciadas por Jesús cuando, en la sinagoga de
Cafarnaún, tras la multiplicación del pan (cf. Jn 6, 27), proclamaba la
necesidad de alimentarse de su carne y de su sangre? A muchos de los que lo
escuchaban, su lenguaje sobre el comer su cuerpo y beber su sangre (cf. Jn 6,
53) les pareció “duro” (Jn 6, 60). Intuyendo esta dificultad Jesús les dijo:
“¿Esto os escandaliza? ¿ Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba
antes?” (Jn 6, 61-62). Era una explícita alusión a la futura ascensión al
cielo. Y precisamente en aquel momento añade una referencia al Espíritu Santo,
que sólo tras la ascensión adquiriría plenitud de sentido. Dijo: “El espíritu
es el que da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho
son espíritu y son vida” (Jn 6, 63)
Los oyentes de Jesús entendieron de modo “material” aquel primer anuncio
eucarístico. El Maestro quiso en seguida precisar que su contenido sólo podía
aclararse y entenderse por obra del “Espíritu que da vida”. En la Eucaristía
Cristo nos da su cuerpo y su sangre como alimento y bebida, bajo las especies
del pan y del vino, como durante el banquete pascual de la última Cena.
Solamente en virtud del Espíritu, que da vida, el alimento y la bebida
eucarísticos pueden obrar en nosotros la “comunión”, es decir, la unión
salvífica con el Cristo crucificado y glorificado.
5. Hay un hecho significativo, ligado al acontecimiento de Pentecostés: desde
los primeros tiempos después de la venida del Espíritu Santo los Apóstoles y
sus seguidores, convertidos y bautizados, “acudían asiduamente... a la fracción
del pan y a las oraciones” (Hch 2, 42), como si el mismo Espíritu Santo nos
hubiera orientado a la Eucaristía. He subrayado en la Encíclica Dominum et
Vivificantem que, “guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia desde el principio
se manifestó y se confirmó a sí misma a través de la Eucaristía” (n. 62).
La Iglesia primitiva era una comunidad fundada en la enseñanza de los Apóstoles
(Hch 2, 42) y animada en su totalidad por el Espíritu Santo, el cual infundía
luz a los creyentes para que comprendiesen la Palabra, y los congregaba en la
caridad en torno a la Eucaristía. Así la Iglesia crecía y se propagaba en una
muchedumbre de creyentes que “no tenía sino un solo corazón y una sola alma”
(Hch 4, 32).
6. En la Encíclica citada leemos también que “mediante la Eucaristía, las
personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a
descubrir el sentido divino de la vida humana” (n. 62). Es decir, descubren el
valor de la vida interior, realizando en sí mismas la imagen de Dios Trinidad
que siempre se nos ha presentado en los libros del Nuevo Testamento y
especialmente en las Cartas de San Pablo, como Alfa y Omega de nuestra vida, o
sea, el principio según el cual el hombre es creado y modelado, y el fin último
al que está ordenado y es guiado según el designio y la voluntad del Padre,
reflejados en el Hijo-Verbo y en el Espíritu-Amor. Es una hermosa y profunda
interpretación que la tradición patrística, resumida y formulada en términos
teológicos por Santo Tomás (cf. Summa Theol. I, q. 93, a. 8), ha dado de un
principio clave de la espiritualidad y de la antropología cristiana, así
expresado en la Carta a los Efesios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre,
de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os
conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de
su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros
corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos
los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y
conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que os vayáis
llenando hasta la total Plenitud de Dios” (Ef 3, 14-19)
7. Es Cristo quien nos da esta plenitud divina (cf. Col 2, 9 ss.) mediante la
acción del Espíritu Santo. Así, colmados de vida divina, los cristianos entran
y viven en la plenitud del Cristo total, que es la Iglesia, y, a través de la
Iglesia, en el nuevo universo que poco a poco se va construyendo (cf. Ef 1, 23;
4, 12-13; Col 2, 10). En el centro de la Iglesia y del nuevo universo está la
Eucaristía, donde se halla presente el Cristo que obra en los hombres y en el
mundo entero mediante el Espíritu Santo.