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sábado, 3 de marzo de 2018

de la CARTA APOSTÓLICA Misericordia et misera DEL SANTO PADRE FRANCISCO

20. Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos. Las obras de misericordia son «artesanales»: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea único el Dios que las inspira y única la «materia» de la que están hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa.Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de una persona. Podemos llevar a cabo una verdadera revolución cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas. Es una tarea que la comunidad cristiana puede hacer suya, consciente de que la Palabra del Señor la llama a salir siempre de la indiferencia y del individualismo, en el que se corre el riesgo de caer para llevar una existencia cómoda y sin problemas. «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8), dice Jesús a sus discípulos. No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que él se ha identificado con cada uno de ellos.La cultura de la misericordia se va plasmando con la oración asidua, con la dócil apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres. Es una invitación apremiante a tener claro dónde tenemos que comprometernos necesariamente. La tentación de quedarse en la «teoría sobre la misericordia» se supera en la medida que esta se convierte en vida cotidiana de participación y colaboración. Por otra parte, no deberíamos olvidar las palabras con las que el apóstol Pablo, narrando su encuentro con Pedro, Santiago y Juan, después de su conversión, se refiere a un aspecto esencial de su misión y de toda la vida cristiana: «Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir» (Ga 2,10). No podemos olvidarnos de los pobres: es una invitación más actual hoy que nunca, que se impone en razón de su evidencia evangélica.

viernes, 17 de noviembre de 2017

“Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía”. Papa Francisco

martes, 24 de octubre de 2017

“Siento la imperiosa necesidad de ir a vivir en un barrio de pobres y hacer como hacen ellos. No como táctica de infiltración, de camuflaje o demagogia, ni siquiera como gesto profético de nada, sino para encontrar a Cristo en cada uno, porque sé que vive allí, que habla su idioma, que se sienta a su mesa, que participa de sus angustias y esperanzas”. Frase escrita por el Padre Cacho y encontrada entre sus cosas después de su muerte.

lunes, 13 de abril de 2015

LA DIVINA MISERICORDIA

La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje:
Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario de Santa Faustina Kowalska, 723).

jueves, 26 de marzo de 2015

San Pío de Pietrelcina


"En todo pobre
está Jesús agonizante;
en todo enfermo
está Jesús sufriente;
en todo enfermo pobre
está Jesús
dos veces presente".

martes, 27 de julio de 2010

Meditación en la villa

Por Carlos Mujica, 1972

SEÑOR, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos que parecen tener ocho años tengan trece;

SEÑOR, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear por el barro; yo me puedo ir, ellos no;

SEÑOR, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas, de las que me puedo ir y ellos no;

SEÑOR, perdóname por encender la luz y olvidándome de que ellos no pueden hacerlo;

SEÑOR, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no: porque nadie hace huelga con su hambre;

SEÑOR, perdóname por decirles "no solo de pan vive el hombre" y no luchar con todo para que rescaten su pan;

SEÑOR, quiero quererlos por ellos y no por mi. Ayúdame.

SEÑOR, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos.

SEÑOR, quiero estar con ellos a la hora de la luz. Ayúdame.

miércoles, 23 de junio de 2010

El padre Carlos Mugica.

El Cura

"En la luz de mi tierra"
Editora Patria Grande


EL CURA

Al padre Carlos Mugica lo conocí una nochecita de verano antes de los años 70. Él venía de misionar en mi tierra natal del norte santafesino, donde era obispo su amigo Mons. Juan José Iriarte, y quizá por eso puse una especial atención en su persona en aquella primera ocasión. Pasó para hacer noche aquí y a la vez saludar al Padre Pedro Eugenio Alurralde, su amigo de infancia, que era entonces el Prior del monasterio. Para mi fue en ese momento uno de los tantos curas que solían frecuentar el monasterio, a veces solo de paso, y otras buscando unos días de sosiego en los que realizar un retiro.

Llegaron los tiempos posteriores al Concilio, y sobre todo aquellos que siguieron al encuentro de los obispos latinoamericanos en Medellín. Y muchos curas, religiosos, monjitas y laicos comprometidos, comenzaron a hacer una clara opción por los pobres. Muchos de ellos incluso dejaban sus colegios clasistas, para ir a vivir en barriadas pobres en lo que se llamaba Comunidades Religiosas Insertas en Medios Populares (CRIMPO). Muchos de ellos habían firmaron un documento de compromiso para dedicarse a la evangelización del tercer mundo.

Los más comprometidos en esta línea formaron un movimiento que se dio en llamar Curas para el Tercer Mundo. Cuando yo conocí a Carlitos Mugica más de cerca, esos tiempos habían madurado bastante. Y sobre todo, los curas del tercer mundo de la zona de capital, ya habían comenzado a llamarse curas villeros, por su dedicación casi exclusiva a la pastoral en los ambientes de Villas miserias de la Capital y Gran Buenos Aires. El Padre Rafael Tello era reconocido como su líder espiritual, y el referente indiscutido de todo el grupo. Su principal preocupación era dar una fuerte espiritualidad a la acción concreta de estos jóvenes sacerdotes. Y por ello se propuso acercarlos al monasterio de Los Toldos. Y para mi sorpresa, fue él quien me pidió que acompañara a estos curas en los retiros espirituales que los reunieron aquí en las semanas finales del verano de los años 72 al 74. Mi misión era darles un par de charlas diariamente, motivándolos para la reflexión de la palabra de Dios. A veces compartía con ellos también la reunión de la noche.

Estos encuentros me permitieron conocer más de cerca al Padre Carlitos Mugica. Sobre todo saber de su personalidad, su apasionamiento por algunas cosas, y su profunda piedad. Cada día lo veía entre los primeros que llegaban a la capilla para compartir nuestra oración de la madrugada, antes de las 5 de la mañana. Y por la noche era de los últimos en dejar la capilla, cuando había que cerrarla.

Recuerdo bien nuestro último diálogo, casi en el estribo de la camioneta que lo llevaría de regreso a la Capital, amontonado con todo el grupo de curas. Para que pudieran sentarse en la parte trasera del vehículo que traía cúpula, fuimos hasta los galpones a buscar unos fardos de pasto. Aproveché ese momento para preguntarle si tenía miedo a que lo mataran, ya que había recibido varias amenazas en ese sentido. Y me sorprendió su respuesta:
-No. ¡A lo que le tendría mucho miedo es a despertarme un día y saber que me echaron de la Iglesia!
A lo que yo le respondí:
-No tengas miedo Carlitos. ¡Dios te va a ser fiel!
Y ya en el momento de despedirnos mientras nos dábamos un abrazo me dijo, haciendo alusión al año santo que se iba a celebrar pronto:
-¡Este año muchos nos encontraremos con Dios!
Fue lo último que le escuché. Pocas semanas después, en la madrugada de un 11 de mayo, fiesta de San Mamerto, y aniversario del nacimiento de Fray Mamerto Esquiú y de la muerte se Ceferino Namuncurá, me enteré que lo habían ametrallado a la salida de una Capilla de barrio donde había celebrado esa tarde la Eucaristía y acababa de preparar una parejita para el sacramento del matrimonio. Murió claramente como cura.

Sacudido hondamente por esta noticia, pocos días después escribí de él esta semblanza, sobre todo para salir al paso de tantas opiniones que trataban de desfigurar su imagen, y de justificar o condenar el hecho culpando ya sea a una parte o a la otra de las que en ese momento estaban en pugna. Y completé unos versos que había escrito para él.

La Violencia de la Sombra
Dios le había regalado un lindo corazón. Era capaz de amar y apasionarse. Tenía capacidad para ver. Sus ojos siempre miraban a las cosas, y no le costaba vibrar con lo que veía. Por eso las injusticias lo sacudían fuerte. Muchos le tenían desconfianza porque le conocían un corazón arrebatado y violento.

Encima era bastante ingenuo. Le gustaba hablar, mostrarse y manifestar lo que llevaba adentro. Eso le hacía amar cosas contradictorias, y muchos creyeron que era un incoherente. Otros creyeron poder utilizarlo, y cuando él siguió nomás su rumbo, no lo comprendieron.

Alma de niño, buscaba ansiosamente la verdad, y quería a toda costa practicar la justicia. Llevar la justicia a la práctica era para él una obsesión. Tal vez hubiera algo de biológico en ese apetito de justicia. Por eso se comprometía tan entero cuando veía, en algún lugar o persona, la realidad del compromiso por la justicia. Pero como la justicia es una realidad tironeada por diversos bandos que creen poseerla en exclusiva (como se pelean los perros por la achura), le sucedió más de una vez el querer tironear desde distintos rumbos. Desde todos lados le ladraron para animarlo, y de todos lados le lanzaron su mordisco. Y él seguía nomás, apasionado por llevar la justicia a la práctica. Tal vez sin plan, sin proyectos, guiado como por un instinto. Amaba la parte de justicia que encontraba en cada hombre, y pretendió sacudir la vergüenza en cada grupo.

Y eso es peligroso. Es peligroso ponerse a plena luz cuando andan sueltas las tinieblas. Y en cada compromiso, en cada realidad hay un encontronazo entre la luz y las tinieblas, entre el miedo y la vergüenza. Y es peligroso para un hombre amar la luz en cada cosa, y en cada cosa pretender vencer la noche mediante la vergüenza.

Por eso el miedo que hay en cada uno de nosotros se puso a perseguirlo. A escondidas, por supuesto. El miedo suele ser cobarde, y prefiere no mostrar la cara al descubierto. De ahí que el día que lo mataron, nadie quiso ser responsable del suceso. Nos echamos la culpa mutuamente, y hasta a lo mejor creímos ser sinceros.

Poco importa el nombre del que lo mató. Conocemos sí, el nombre y apellido del que ha muerto. Lo mató la violencia de las sombras, y su nombre está escrito en el libro de la vida. Un pueblo lo lloró en silencio. Ese pueblo que también ama la justicia, y que como todos los perseguidos por llevar la justicia a la práctica, tendrá en herencia el Reino de los cielos.

Porque al morir un hombre por practicar la justicia, se opera en él la victoria definitiva de la luz sobre las sombras. La luz vence en ese hombre a las tinieblas. Y así se le abren las puertas del Reino de la luz.

-Felices de ustedes cuando sean perseguidos e insultados, y cuando digan toda clase de cosas falsas sobre ustedes. Alégrense, no se pongan tristes: porque van a recibir un gran premio en los cielos; porque así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes (Mt 5, 11-12).

Texto escrito sobre Carlos Mugica por Mamerto Menapace en el libro "En la luz de mi tierra" de Editora Patria Grande

http://editorapatriagrande.com/

domingo, 14 de febrero de 2010

"El "Vía Crucis" serpentea
por nuestras villas y ciudades,
por nuestros hospitales y fábricas,
y a través de nuestro campos de batalla;
sigue la ruta de la pobreza
y del sufrimiento en todas sus formas.
Es ahí, ante esas "Estaciones" del Via Crucis
donde hemos de detenernos y meditar,
rogando al Cristo doliente
que nos dé la suficiente fuerza para actuar".
Michel Quoist.


HAITÍ

jueves, 11 de febrero de 2010

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


PARA LA XVIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, se celebrará en la basílica vaticana la XVIII Jornada mundial del enfermo. La feliz coincidencia con el 25° aniversario de la institución del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios constituye un motivo más para agradecer a Dios el camino recorrido hasta ahora en el sector de la pastoral de la salud. Deseo de corazón que ese aniversario sea ocasión para un celo apostólico más generoso al servicio de los enfermos y de quienes cuidan de ellos.



Cada año, con la Jornada mundial del enfermo, la Iglesia quiere sensibilizar a toda la comunidad eclesial sobre la importancia del servicio pastoral en el vasto mundo de la salud, un servicio que es parte integrante de su misión, ya que se inscribe en el surco de la misma misión salvífica de Cristo. Él, Médico divino, "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo" (Hch 10, 38). En el misterio de su pasión, muerte y resurrección, el sufrimiento humano encuentra sentido y la plenitud de la luz. En la carta apostólica Salvifici doloris, el siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto: "El sufrimiento humano —escribió— ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su origen. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva" (n. 18).

El Señor Jesús en la última Cena, antes de volver al Padre, se inclinó para lavar los pies a los Apóstoles, anticipando el acto supremo de amor de la cruz. Con ese gesto invitó a sus discípulos a entrar en su misma lógica, la del amor que se da especialmente a los más pequeños y a los necesitados (cf. Jn 13, 12-17). Siguiendo su ejemplo, todo cristiano está llamado a revivir, en contextos distintos y siempre nuevos, la parábola del buen Samaritano, el cual, pasando al lado de un hombre al que los ladrones dejaron medio muerto al borde del camino, "al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva"" (Lc 10, 33-35).


Al final de la parábola, Jesús dice: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37). Con estas palabras se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de tantos hermanos y hermanas nuestros que encontramos por los caminos del mundo; nos ayuda a comprender que, con la gracia de Dios acogida y vivida en la vida de cada día, la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento puede llegar a ser escuela de esperanza. En verdad, como afirmé en la encíclica Spe salvi, "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito" (n. 37).



Ya el concilio ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la constitución dogmática Lumen gentium leemos que como "Cristo fue enviado por el Padre "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza con amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (n. 8).



Esta acción humanitaria y espiritual de la comunidad eclesial en favor de los enfermos y los que sufren a lo largo de los siglos se ha expresado en múltiples formas y estructuras sanitarias también de carácter institucional. Quisiera recordar aquí las gestionadas directamente por las diócesis y las que han nacido de la generosidad de varios institutos religiosos. Se trata de un valioso "patrimonio" que responde al hecho de que "el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado" (Deus caritas est, 20). La creación del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, hace veinticinco años, forma parte de esa solicitud eclesial por el mundo de la salud. Y debo añadir que, en el actual momento histórico-cultural, se siente todavía más la exigencia de una presencia eclesial atenta y generalizada al lado de los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de manera eficaz los valores evangélicos para la defensa de la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su fin natural.



Quisiera retomar aquí el Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, que los padres conciliares dirigieron al mundo al final del concilio ecuménico Vaticano II: "Vosotros que sentís más el peso de la cruz —dijeron— (...), vosotros que lloráis (...), vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo: vosotros sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; vosotros sois los hermanos de Cristo sufriente y con él, si queréis, salváis al mundo" (Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. BAC, Madrid 1966, p. 845). Agradezco de corazón a las personas que cada día "realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren", haciendo que "el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Juan Pablo II, constitución apostólica Pastor bonus, art. 152).



En este Año sacerdotal mi pensamiento se dirige en particular a vosotros, queridos sacerdotes, "ministros de los enfermos", signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral. Me dirijo por último a vosotros, queridos enfermos, y os pido que recéis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que puedan mantenerse fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para el bien de toda la Iglesia.



Con estos sentimientos, imploro para los enfermos, así como para los que los asisten, la protección maternal de María, Salus infirmorum, y a todos imparto de corazón la bendición apostólica.



Vaticano, 22 de noviembre de 2009, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Este es Juan reportándose!
Una vez un sacerdote estaba dando un recorrido por la Iglesia al mediodía... al pasar por el altar decidió quedarse cerca para ver quién había venido a rezar. En ese momento se abría la puerta, el sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo; el hombre estaba sin afeitarse desde hace varios días, vestía una camisa rasgada, tenía el abrigo gastado cuyos bordes habían comenzado a deshilacharse.
El hombre se arrodilló, inclinó la cabeza, luego se levantó y se fué. Durante los siguientes días el mismo hombre, siempre al mediodía, estaba en la Iglesia cargando una maleta... se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir.
El sacerdote, un poco temeroso, empezó a sospechar que se tratase de un ladrón, por lo que un día se puso en la puerta de la Iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le preguntó: "¿Qué haces aquí?"
El hombre dijo que trabajaba en una fábrica camino de la iglesia y tenía media hora libre para comer y aprovechaba ese momento para rezar, "Solo me quedo unos instantes, sabe, porque la fábrica queda un poco lejos, así que solo me arrodillo y digo: "Señor, solo vine nuevamente para contarte cuán feliz me haces cuando me liberas de mis pecados... no se muy bien rezar, pero pienso en ti todos los dias... así que Jesús, este es Juan reportándose".


El sacerdote, sintiéndose un tonto, le dijo a Juan que estaba bien y que era bienvenido a la Iglesia cuando quisiera. El sacerdote se arrodilló ante el altar, sintió derretirse su corazón con el gran calor del amor y encontró a Jesús. Mientras sus lágrimas corrían por sus mejillas, en su corazón repetía la plegaria de Juan:

"SOLO VINE PARA DECIRTE, SEÑOR, CUAN FELIZ FUI DESDE QUE TE ENCONTRE A TRAVES DE MIS SEMEJANTES Y ME LIBERASTE DE MIS PECADOS... NO SE MUY BIEN COMO REZAR, PERO PIENSO EN TI TODOS LOS DIAS... ASI QUE JESUS, SOY YO REPORTANDOME".


Cierto día el sacerdote notó que el viejo Juan no había venido. Los días siguieron pasando sin que Juan volviese para rezar. Continuaba ausente, por lo que el sacerdote comenzó a preocuparse, hasta que un día fue a la fábrica a preguntar por él; allí le dijeron que Juan estaba enfermo, que pese a que los médicos estaban muy preocupados por su estado, todavía creían que tenía una posibilidad de sobrevivir. La semana que Juan estuvo en el hospital trajo muchos cambios, él sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa.
La Jefe de enfermeras no podía entender por qué Juan estaba tan feliz, yaque nunca había recibido ni flores, ni tarjetas, ni visitas. El sacerdote se acercó al lecho de Juan con la enfermera y ésta le dijo, mientras Juan escuchaba: "Ningún amigo ha venido a visitarlo, él no tiene a dónde recurrir". Sorprendido, el viejo Juan dijo con una sonrisa: La enfermera está equivocada... pero ella no puede saber que todos los días, desde que llegue aquí, al mediodía, un querido amigo mío viene, se sienta aquí en la cama, me agarra de las manos, se inclina sobre mí y me dice:


"SOLO VINE PARA DECIRTE, JUAN, CUAN FELIZ SOY DESDE QUE ENCONTRE TU AMISTAD Y TE LIBERE DE TUS PECADOS. SIEMPRE ME GUSTO OIR TUS PLEGARIAS, PIENSO EN TI CADA DIA... ASI QUE JUAN, ESTE ES JESUS REPORTANDOSE".


PD: No debemos perder la oportunidad de cada día de decirle a Jesús:
Aquí estoy reportándome..

viernes, 20 de noviembre de 2009

El dinamismo de la gracia. José María Castillo.

En los escritos del Nuevo Testamento, la gracia es el favor, la benevolencia, el cariño de Dios. Este favor y este cariño está por encima de nuestros comportamientos. De manera que lo que salva al hombre no es su conducta, sino la gracia de Dios. Por eso el creyente no debe concentrar sus esfuerzos en la propia conducta, que le proporciona satisfacción y orgullo, sino en el amor que se abre al servicio de los demás. Esta actitud debe ser tan radical que ha de llevar al cristiano a romper con el mundo, es decir con el orden establecido, siendo un inconformista frente al sistema. De esta manera, la gracia nos hace soportar las persecuciones y sufrimientos, como afirma la primera carta de Pedro (2, 11; 5, 10). Por otra parte, la misma gracia nos lleva a la solidaridad con los débiles. Es decir, la gracia es una experiencia que crea comunidad y cuyo dinamismo es esencialmente comunitario.José María Castillo
Fuente:
 http://www.mercaba.org/Fichas/GRACIA/631-10.htm

jueves, 19 de noviembre de 2009

Pobreza en el mundo

cepal

Pobreza en el mundo aumentará en nueve millones de personas
Los pobres en la región aumentaron a 189 millones, mientras los indigentes crecieron hasta 76 millones como consecuencia de la crisis económica, informó hoy la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
La crisis se reflejará también en la contracción que tendrán en su conjunto los países latinoamericanos y caribeños, que CEPAL estima preliminarmente fluctuará entre -1.5% y -1.8%. Y agregó que para el 2010 las tasas de crecimiento serán "modestas".
La secuela de la crisis implicó alterar el ritmo de reducción de la pobreza que se venía registrando en la región desde comienzos de la década. En relación al año anterior la pobreza aumentó 1,1%, en 9 millones, y la indigencia en 0,8%, en 5 millones. Eso significa que el 47,8% de la población latinoamericana y caribeña vive en condiciones de pobreza o indigencia.
"Este aumento de la pobreza nos obliga a actuar: debemos replantear los programas de protección social, con una visión estratégica de largo plazo y medidas que sepan aprovechar el capital humano y resguarden el ingreso de las familias y grupos vulnerables", dijo la mexicana Alicia Bárcena, la secretaria ejecutiva del organismo económico de Naciones Unidas con sede en esta capital.
Bárcena agregó que si bien los efectos han sido esta vez menos profundos que en anteriores crisis, se requiere de medidas para atacar el flagelo de la pobreza. "Hay espacio para una política más activa, pero hay países con semáforo en rojo y otros en amarillo por el deterioro del tejido social", afirmó.
La pobreza regional tiene cara de niño y de mujer. Según el estudio de CEPAL, los niños y las mujeres son los más afectados por la crisis. En menores de 15 años la pobreza ha golpeado 1,7 veces más que en adultos, mientras que en las mujeres es 1,15 veces superior. El análisis de CEPAL consigna que a diferencia de las crisis anteriores, la actual no produjo colapsos fiscales ni financieros, ni tampoco incidió en procesos inflacionarios. Bárcena señaló que México, a donde se expandió más rápidamente la crisis por su dependencia de la economía estadounidense, junto con Centroamérica, muestran las peores caras del aumento de la pobreza. Y entre los países centroamericanos el más complicado, según CEPAL, es Honduras.
Los pobres en México alcanzarán a los 37 millones y los indigentes a 12 millones. Ese país, además, liderará este año la mayor caída del Producto Interno Bruto, que se estima ascenderá al 7%.
Destacó que México, sin embargo, ha respondido a la crisis con un fuerte apoyo a los sectores más pobres y su inversión en el gasto social asciende a 800 dólares per cápita. Pero su recuperación en el 2010 dependerá de la velocidad con que Estados Unidos saldrá de la crisis.
Bárcena aseguró que para no perpetuar el círculo de la pobreza "urge aplicar políticas de largo plazo dirigidas a los niños y jóvenes, quienes son los futuros motores productivos de la sociedad, y facilitar la inserción laboral de las mujeres".
Entre las medidas sugeridas por el organismo se encuentran las destinadas a expandir la cobertura y calidad de las prestaciones asistenciales, mejorar los ingresos de los adultos mayores, aumentar los seguros de desempleo, aumentar la cobertura de la educación preescolar, incentivos estatales para un mayor y mejor empleo de las mujeres.
"Con prudencia fiscal no hay que descuidar a los más vulnerables", afirmó Bárcena.
AP
El País Digital

jueves, 5 de noviembre de 2009

Tomas Merton. Semillas de contemplación



"Dado que María es, entre todos los santos, la más perfectamente pobre y perfectamente escondida, la que no intenta poseer absolutamente nada como propio, puede comunicar del modo más pleno al resto de la humanidad la gracia de nuestro Dios infinitamente desinteresado.
Y nosotros Lo poseeremos del modo más verdadero cuando nos hayamos vaciado y nos hayamos hecho pobres y escondidos como ella, asemejándonos a Él al asemejarnos a ella".

martes, 22 de septiembre de 2009


NICAN MOPOHUA
(Texto original de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego)
Relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.
En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

PRIMERA APARICIÓN

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.

Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito".
Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.
Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.
Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor".

sábado, 12 de septiembre de 2009

LA NOCHE DE LOS POBRES ESTÁ EN VELA. Pedro Casaldáliga y José María Vigil.

Terminamos, para no terminar y seguir andando juntos, con un soneto neobíblico que, en medio de la noche de los pobres, puede ayudarnos a recordar por dónde viene el día y Quién tiene la última palabra. Uno de los versos de este soneto dice que «la noche de los pobres está en vela». Todos los pobres «con espíritu» y todos los que queremos ser solidarios con los pobres, debemos entrar de lleno en esa ardiente vigilia pascual.

Sólo una cinta en flor guarda el entorno
de la garita, libres los ejidos.
Tarda la lluvia, pero en el bochorno
ya estalla nuestra sed de redimidos.
Para que Dios se vea Dios ahora,
hay que ir haciendo el Reino, a contramano
de cualquier otro reino; y es la hora
de que este mundo lobo sea humano.
¿Qué fue del latifundio, centinela?
¿Qué hay de la esperanza, compañeros?

La noche de los pobres está en vela
y el Dueño de la tierra ha decretado
abrir todos los surcos y graneros
porque el eón del lucro ya ha pasado.

viernes, 11 de septiembre de 2009

LA NOCHE DE LOS POBRES ESTÁ EN VELA. Pedro Casaldáliga y José María Vigil.

mundialicémonos; por la comunión más universal siempre, en primer lugar, y por la comunicación, cada vez más universal y más rápida. Como hay una guerra a muerte del Norte contra el Sur, debe haber una alianza de vida entre el Sur y el Norte. Además d e que no todo lo que hay en el Norte es ese Norte de Muerte.



Hagamos de la sociedad civil y sus varias estructuras y movilizaciones el gran espacio de la solidaridad. La ciudadanía es hoy una reivindicación universal. La mayoría de nuestros respectivos conciudadanos quiere, a su manera, participar. Facilitémosl es la participación solidaria.


Debemos seguir siendo «quinta columna» dentro del ámbito capitalismo neoliberal, y forzar desde dentro la evidencia de su perversidad, de sus contradicciones, de su no-futuro para la humanidad.


Todavía, hoy y siempre, debemos cultivar la forma de solidaridad permanente, necesaria, de lo pequeño, que se reproduce, que puede acabar haciendo germinar lo grande. Con muchas pequeñas «ollas comunes» se puede llegar a hacer una gran mesa socializad a.


Prepararemos el futuro, el relevo que agarre la antorcha. La insatisfecha rebeldía y la inagotable generosidad de la juventud nos esperan. Hoy el mundo es más solidario que ayer. Mañana lo será más que hoy. El mañana se llama solidaridad.


A veces habremos de saber enriquecer nuestro lenguaje, para hablar sin maniqueísmos de opresión-liberación; o el tono, cuando el análisis pudiese parecer excesivamente racional o pesimista; o el talante, cultivando la confianza en nosotros mismos y en los demás y echándole chile de buen humor al mal humor de la muerte impuesta; o la perspectiva, siempre, porque la Humanidad no es suicida y el Reino es mayor que la Iglesia, y nuestro Dios es el Dios de la vida, y lo nuestro -como lo Suyo- es, decididamente, el Reino.


Vamos aprendiendo. La toma del poder será, cada vez más, por las armas de la conciencia comunitaria, participante, alterativa. Y semejantemente, las mayores derrotas serán las derrotas éticas, de la conciencia, de la solidaridad, del amor. La más reciente rebelión del Continente, la de los zapatistas de Chiapas, todavía balbuciente como un grito, ya nos está enseñando otro modo de rebelarse, con unas perspectivas mayores y penetrando en los diferentes sectores de la sociedad; sin canonizar las armas; canonizando sólo las Causas.


Al detalle: ahí están las jornadas de solidaridad; las fechas memorables; las publicaciones; las visitas que vienen y van; las otras entidades -cristianas o no, pero comprometidas con alguna de las grandes Causas-; las ayudas concretas también -campañas, autoimpuesto, remesas de medicamentos o de alimentos o de ropa-; las vigilias; las acciones artísticas; la militancia diaria del tú a tú, que concientiza y compromete en la familia, en el trabajo, en la comunidad.

LA NOCHE DE LOS POBRES ESTÁ EN VELA. Pedro Casaldáliga y José María Vigil.

Siempre, pero hoy más que nunca, debemos fundamentar teológica y teologalmente nuestra solidaridad. Sólo con esa fundamentación podrá ser plenamente solidaridad cristiana y vencer serenamente los avatares de la historia o del propio corazón.



Dios en sí, en su misterio original, es la plena solidaridad de tres personas en un una misma vida total. Como dicen las comunidades eclesiales de base de Brasil que «la santísima Trinidad es la mejor comunidad», podemos decir que «la santísima Trinidad es la mayor solidaridad».


El misterio de la Encarnación es la expresión máxima, histórica, sometida a nuestras vicisitudes, de la solidariad de Dios con la humanidad. Jesús es la solidaridad de Dios hecha carne y sangre, vida y muerte, pasión y resurrección. En El y por El sabemos cómo Dios es amor solidario.


No tenemos muchos mandamientos. Tenemos uno sólo: «ámense unos a otros como yo les he amado». El mandamiento nuevo del amor nuevo se traduce en la práctica diaria y en la vivencia social y en la organización política y económica de la sociedad, a travé s de la solidaridad efectiva: desinteresada y eficaz. Con todos, pero más específicamente y ante todo y siempre, con esos hermanos y hermanas «más pequeños», como nos pidió el mismo Jesús. En el antiguo testamento Dios preguntaba: ¿dónde está tu hermano? En el nuevo testamento Dios pregunta, más incisivo: ¿dónde está tu hermano pequeño?; más aún, Dios se hace hermano de los hermanos más pequeños.


Nuestra fe pasa siempre, necesariamente, por la cruz. Nuestra solidaridad, también. Frente a esas decepciones a que antes aludíamos, delante de cualquier género de fracaso, la solidaridad cristiana apela confiadamente a la esperanza de la resurrección. Ninguna vida verdadera muere para siempre. La solidaridad que se da totalmente es siempre un gesto, una celebración, un «sacramento pascual».


El Reino es la sociedad de la solidaridad. Semilla escondida, red barredera, tesoro desconocido para muchos, pero proyecto de Dios: su Causa. La Causa de la Solidaridad total. En el tiempo y más allá. La solidaridad va siendo ya, en esperanza escatológ ica y en caridad política, el «más allá de la historia».


Caminante, sí hay camino


Debemos ser realistas. Conocer la realidad, hacerse cargo de la misma, cargar con ella; eso nos pide el teólogo mártir Ellacuría. Llamar siempre a la realidad cambiante por su propio nombre. Abandonar la nostalgia del pasado que no volverá. Nosotros no vamos «en busca del tiempo perdido». Otra es nuestra memoria y la conciencia responsable de la lucha o de la sangre que heredamos.


Pisemos el suelo real del neoliberalismo, y busquémosle sus brechas. Hemos de encontrar creativamente los resortes de lucha que puede haber, que hay, en la nueva realidad neoliberal (con ciertas zonas de libertad); sólo formalmente democrática (pero con alguna democracia al fin); de mercado supuestamente libre (donde de hecho, como transitan las mercancías, se transmiten también las ideas y las causas); de mundialización niveladora (pero también de mundialización de intercambios fraternos y de humana comunión).


Sin hacer ascos a temas que hace unos años nos podrían parecer pequeño burgueses, debemos entrar en ese combate. Un modo también eficaz de combatir al neoliberalismo es combatirlo -sin contaminarse- en su propio terreno.


Ese realismo nos exige una nueva fidelidad a la solidaridad, que podría caracterizarse como la práctica de la solidaridad:


  • de noche oscura, aparentemente sin salida, en el ejercicio tenso de la fe;

  • gratuita, sin eficacismos, sin compensaciones; la fidelidad de los que se apuntan a la marcha de los vencidos y no al carro de los vencedores;

  • siempre profética, porque sigue creyendo en el Dios que oye el clamor de su Pueblo y desciende hasta liberarlo, y consuela a sus pobres y proclama como victoria la bienaventuranza de los marginados;

  • que hace de la opción por los pobres «la» opción evangélica, «firme e irrevocable», según palabras de Juan Pablo II en Santo Domingo;

  • que no pierde de vista la posibilidad de las sorpresas, lo inesperado de las coyunturas;

  • que responde como un eco a la fidelidad extrema de nuestros muchos mártires, ellos y ellas. Una Iglesia sólo es fiel cuando acompaña radicalmente al Testigo Fiel, Jesús, y a sus otros muchos testigos fieles que lo han seguido;

  • que sabe aprender del tesón de aquellos y aquellas que han mantenido su fidelidad durante siglos a causas derrotadas históricamente: la Causa Indígena, la Causa Negra, la Causa de la Mujer, la Causa Obrera, la Causa de los Pueblos menores…
Este realismo nos exige también buscar y encontrar nuevas formas de solidaridad, más actuales, eficaces hoy, germinadoras de futuro:

de la Homilía del Papa Juan Pablo II en la Misa de Beatificación de la Madre Teresa de Calcuta VATICANO, 19 Oct. 03 (ACI).-

“Cuanto hicisteis a uno de esos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 49). Este pasaje del Evangelio, crucial para comprender el servicio de la Madre Teresa a los pobres, era la base de su convicción llena de fe de que al tocar los cuerpos rotos de los pobres estaba tocando el cuerpo de Cristo. Era al propio Jesús, oculto bajo la dolorosa apariencia de los más pobres entre los pobres, a quien se dirigía su servicio. La Madre Teresa pone de relieve el significado más profundo del servicio: un acto de amor hecho al que tiene hambre, sed, al extranjero, al que está desnudo, al enfermo, al prisionero (Cf. Mt 25, 34-36) se hace al propio Jesús.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Nuevo aniversario del Padre Cacho. (Alvaro Ojeda)

San Francisco en el cantegril

Recordamos un nuevo aniversario del Padre Cacho, el cura de los cantegriles, una palabra típica del Uruguay para designar los asentamientos precarios que se van amontonando en la periferia de Montevideo. Esta nota aparecida recientemente en un diario de la capital hace referencia al proceso de beatificación del Padre Cacho. Miles de firmas se han presentado al obispado pero todavía el proceso no ha sido empezado.



Cuando vi al cura Cacho por primera vez, me lo tuvieron que señalar. Iba sentado en un carrito de hurgadores (moderna denominación para la pobreza más impúdica) junto con otro hombre, que era exactamente igual a él. Los dos vestían la misma ropa, gastada y descolorida; los dos tenían esa flacura de los que pasan hambre; no de los que eventualmente tienen hambre; los dos sumaban una pequeña figura bajo un cielo excesivo.



Avanzaban penosamente por la calle Porongos en una tarde helada. Un vaivén de pescante fuera de tiempo y de miradas rutinarias de una Montevideo que se ha acostumbrado a ese ir y venir, cansino, torpe, embrutecido, de tantos compatriotas con peor suerte que la nuestra. Un par de sombras en movimiento hacia el cantegril de Aparicio Saravia.



Ese montón de frío, matungo, y carrito, fue el destino elegido por Ruben Isidro Alonso, el Padre Cacho. Como San Francisco de Asís, eligió vivir entre ellos, porque entre ellos, casi milagrosamente, veía a Cristo. Un Cristo crucificado, humillado y en derrota, pero también un Cristo vivo, posible y liberador. Ahora mismo, mientras escribo este artículo, me reencuentro con uno de los pocos textos que Cacho dejó.



Tiene la contundencia de la convicción: “Siento la imperiosa necesidad de ir a vivir en un barrio de pobres, y hacerlo como lo hacen ellos. No como táctica de infiltración o demagogia, ni siquiera como gesto profético de nada, sino para encontrarlo de nuevo a Cristo, porque sé que vive allí, que habla su idioma, que se sienta a su mesa, que participa de sus angustias y esperanzas. Tampoco como un “Padre” despachador de Sacramentos, sino como alguien que va a hacer junto a ellos, una vivencia de fe, un camino compartido. Tal vez pueda decirles en su idioma de dolor y frustración, que allí en medio de ellos, está Él, el que puede cambiar la muerte en Vida, y la negación en Esperanza. ”



Es asombroso el enfoque que hacía de su misión. Casi parece que fueran los requecheros, los bichicomes, los pobres absolutos, los que pueden hacer más fuerte, la fe en la salvación predicada. Como si entre ellos, en esa oscura caverna suburbana, Cristo tuviera una presencia más real y efectiva. Tan real y efectiva, que el cura dispensador de Sacramentos, recogía de aquella multitud sufriente, un signo vivo de Esperanza, así con mayúsculas, de que el mundo tendría un momento definitivo de justicia, una mirada de compasión para tanto abuso acumulado. Primero se mudó al barrio y vivió en un rancho de lata.



Luego aprendió los códigos de convivencia del cantegril, que son lo que la imagen del espejo a la realidad, una simetría engañosa, turbia.

Después organizó a los vecinos y empezó a tratar que ellos mismos se sintieran seres humanos, y no bichos tirados al margen de la ciudad porque tenían mal olor. Y por supuesto, sufrió persecución, fue maltratado, ofendido, humillado. Pero siguió adelante. Los vecinos de la Parroquia de los Sagrados Corazones, escribieron un retrato conmovedor de Cacho: “Tuvimos hambre, y compartió su comida con nosotros; tuvimos sed y compartió su agua; estuvimos enfermos y nos visitó; nos pusieron presos, y se arriesgó por nosotros. Creímos que no éramos nadie, que no podíamos nada, y tuvo confianza en nosotros.”



Cuando yo era niño, mi madre me regaló una medallita de plata de la Inmaculada Concepción, la Milagrosa, como la habían bautizado los soldados franceses mientras peleaban la sangrienta batalla del Marne en 1915, con la primera pensión que cobró de su padre, un abuelo al que yo nunca conocí. Cuando el Cura Cacho cayó enfermo, mi esposa se la envió al Hogar Sacerdotal, en donde intentaba reponerse. La medallita permaneció con él hasta su muerte, y ahora está otra vez en mis manos. ¿Qué hace que un objeto tan común se transforme en signo transparente en un mundo plagado de shoppings y tecnología de punta, y marketing ?



No es la plata, brillante y engañosa, casi irreal. No es la materia, seguramente, la esencia de ese resplandor que hace que la vista se detenga en ella, una y otra vez. No es lo externo, lo vano, lo que hace a un hombre respetable y digno. Un hombre es tal, en la medida en que reconoce que nunca será verdaderamente feliz, mientras que otros hombres, iguales a él, vivan en las condiciones en que todos sabemos que viven. Cacho hizo lo que San Francisco, fue el último de los últimos.



La causa para su beatificación ya se inició, pero el Cura Cacho es santo, y está vivo en el insomne traqueteo de los carritos sonoros como una matraca, entre los que anduvo y anda todavía, sonriente, pequeño e inmortal.



(extractado de “El Observador” 11.07.2000)