domingo, 28 de noviembre de 2010


"Se me presenta en aquella queridísima (casita de Nazareth) que visitamos, a Jesús, María y José, allí como esas estrellas muy brillantes que encantan a los ojos en una noche muy oscura. Así lucirían ellas en Tantísima pobreza".
Cimientos para un edificio. p. 587
Sólo tú, Jesús Jesús, mi Dios, mi redentor,
mi amigo, mi íntimo amigo,
mi corazón, mi cariño:
Aquí vengo, para decirte desde lo más profundo de mi corazón
y con la mayor sinceridad y afecto de que soy capaz,
que no hay nada en el mundo que me atraiga,
sino tú sólo, Jesús mío.
No quiero las cosas del mundo.
No quiero consolarme con las criaturas.
Sólo quiero vaciarme de todo y de mí mismo,
para amarte sólo a ti.
Para ti, Señor, todo mi corazón,
todos sus afectos, todos sus cariños,
todas sus delicadezas.
¡Oh Señor!, no me canso de repetirte:
Nada quiero sino tu amor y tu confianza.
Te prometo, te juro, Señor, escuchar siempre tus inspiraciones,
vivir tu misma vida.
Háblame muy frecuentemente en el fondo del alma
y exígeme mucho,
que te juro por tu corazón
hacer siempre lo que tú deseas, por mínimo o costoso que sea.
¿Cómo voy a poder negarte algo,
si el único consuelo de mi corazón es esperar que caiga una palabra de tus labios,
para satisfacer tus gustos?
Pedro Arrupe, sj

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cristo Rey.
Del Prefacio de la Misa:
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Porque consagraste Sacerdote eterno
y Rey del universo
a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
ungiéndolo con óleo de alegría,
para que , ofreciéndose a sí mismo
como víctima perfecta y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y , sometiendo a su poder la creación entera,
entregara a tu majestad infinita
un reino eterno y universal;
el reino de la verdad y la vida,
el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz.
...

 

Presentación de la Virgen María

Ana y Joaquín, en un acto de fe quisieron darle gracias a Dios por el nacimiento de esta niña, 21 de noviembre

 

Noviembre 21

Etimológicamente significa” presente”. Viene de la lengua latina.
Esta fiesta arranca desde el lejano año 543. Fue el tiempo en que se dedicó una basílica a “La Virgen María la Nueva”.
Se levantó en el mismo monte Sión en la explanada del Templo.
Las Iglesias orientales, muy sensibles ante las fiestas marianas, conmemoran este día la Entrada de María en el Templo para indicar que, aunque era purísima, no obstante, cumplía con los ritos antiguos de los judíos para no llamar la atención.
La liturgia bizantina la trata como "la fuente perpetuamente manante del amor, el templo espiritual de la santa gloria de Cristo Nuestro Señor".
En Occidente, se la presenta como el símbolo de la consagración que la Virgen Inmaculada hizo de sí misma al Señor en los albores de su vida consciente.
Este episodio de la Virgen María no se encuentra en los cuatro evangelios. Sí que aparece, por el contrario, en un libro apócrifo, el “protoevangelio de Santiago”.
Pero, como siempre, quien manda es el pueblo cristiano. Desde siempre la espiritualidad y la piedad popular han estado marcadas y han subrayado la disponibilidad de María la Virgen ante los mandatos e insinuaciones mínimas del Señor Dios.
Por eso, tanto en Occidente como en Oriente esta fiesta tuvo en seguida un éxito resonante entre todos los cristianos.
María estaba destinada a ser un templo vivo de la divinidad. Según este evangelio apócrifo, la escena no puede ser más sencilla:" Ana y Joaquín, en un acto de fe y de cortesía, quisieron darle gracias a Dios por el nacimiento de esta niña".
No pensaron una cosa mejor que consagrársela de por vida. Cuando tenía tres años, la llevaron al Templo, la cogió un sacerdote mediante unas palabras que recuerdan el Magnificat, el himno del Virgen María en acción de gracias por lo que el Señor había hecho con ella.
Esta fiesta data desde el siglo VI.
VIRGEN MARIA, DAME UN CORAZON DE NIÑO

L. de Grandmaison


Virgen María, Madre de Dios,
dame un corazón de niño,
puro y transparente
como el agua de una fuente.

Dame un corazón sencillo
que no se goce
en la amargura de la tristezas.

Un corazón grande para darse
y tierno a la compasión.

Un corazón fiel y generoso
que no olvide ningún beneficio
ni guarde ningún rencor.

Dame un corazón manso y humilde,
que ame sin exigir ser amado,
que goce desapareciendo en otro corazón
y dispuesto a hacer la voluntad divina.

Dame un corazón grande y valiente
que no se cierre por ninguna ingratitud
ni se canse por ninguna indiferencia.

Dame un corazón
atormentado sólo por la gloria de Jesús,
herido por su Amor
con una herida que no se cierre
sino en la vida eterna.

Amen

jueves, 18 de noviembre de 2010

El camino
CAMINO/GRACIA: Es quizá el símbolo más universal de la existencia humana. En la Biblia la vida se camina y, para vivir plenamente, casi es bastante poder caminar al propio aire. Sentirse "en camino" es estar orientado, proyectado hacia adelante, en movimiento hacia la felicidad, con confianza en el desenlace final de la propia peripecia histórica. Cuando alguien puede narrar su vida como un camino, está haciendo una confesión de fe, porque se le ha dado el verla reorganizada en torno a un sentido, atravesada por una dirección.
El autor del salmo 139 constata, como Jonás, como los de Emaús, que, cuando creía huir, estaba haciendo camino hacia aquél de quien había querido alejarse. Y se da cuenta, sobrecogido, de que no es posible emprender una marcha que aleje de Dios, de que toda la vida es un camino, con él y hacia él, en su presencia. Israel vivió el don de ser guiado y conducido a lo largo del camino hacia la tierra como sobre las alas protectoras de un águila (Dt. 32,11), o bajo el cayado seguro de un Pastor que conoce su oficio (Sal. 23,1). También Bartimeo, que vivía hundido en la noche de su ceguera, se sintió renacer a la luz y a la vida cuando se puso en marcha, brincando, detrás del que le había arrancado de las tinieblas y del sin sentido de su cuneta (Mc. 10,52).
Pero el camino esconde, a veces, una sorpresa de gracia en la paradoja de un viaje inesperado que deshace nuestros planes, de un acontecimiento que nos deja desorientados y perdidos, sin saber ya dónde estamos ni a dónde vamos, sin referencias personales o grupales, sin entender por qué hacemos lo que hacemos y vivimos como vivimos.
No somos los primeros en experimentarlo: Abraham salió de su tierra sin saber a dónde iba (/Hb/11/08). Debió intuirlo el sabio que recogió aquel proverbio: "El hombre planea su camino pero es el Señor quien dirige sus pasos" (Prov. 20,24).
También Nicodemo tuvo que aceptar que "el viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va" (Jn. 3,8). Jesús advierte a cualquiera que se empeñe en vigilar con ansiedad lo que ha sembrado, que la semilla crecerá "sin que él sepa cómo" (Mc. 4,28). La vida se encargó de enseñarle a Pedro cuándo había llegado el momento de dejarse ceñir y llevar donde él no quería (Jn. 21,18) y Saulo de Tarso, que se dirigía lleno de ímpetu hacia Damasco, llegó por fin a la ciudad, pero de la mano de otros porque, "aunque tenía los ojos abiertos, no veía" (Hech. 9,9). Es tiempo de creer que el Pastor conoce bien la cañada aunque esté a oscuras (Sal. 23,4), es una invitación a entrar en un juego de ocultamiento y búsqueda:
"Es gloria del Señor ocultar un proyecto, es gloria del rey descubrirlo" (Prov. 25,2).
El que se atreve a seguir adelante aunque esté perplejo y buscando sin perder el ánimo, está afirmando, en cada uno de sus pasos, que se fía de Alguien que sigue siendo Camino también cuando los otros se han convertido en laberintos.
La gracia de no saber puede llevarnos entonces a recuperar esa niñez que se nos había perdido debajo de tantas máscaras, a recobrar algo de esa naturalidad asombrosa con que los niños preguntan y aprenden y se dejan enseñar, algo de esa audacia despreocupada con la que se apoderan del Reino.
Pero si para eso nos sentimos demasiado viejos, nos queda el recurso de continuar andando pacientemente, obstinadamente. Quizá, al final del camino, nos daremos cuenta, como Jacob, de que el Señor había estado a nuestro lado sin que lo supiéramos (Gen. 28,16). Quizá no consigamos tampoco conocer el misterio de su Nombre. Y es que, a lo mejor, la gracia consiste en eso, en seguir caminando, con la terquedad humilde de quien está marcado para siempre con una cojera vencida y victoriosa.
SAL-TERRAE/89/05. Págs. 377-386

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El desierto 
DESIERTO/GRACIA: Uno de sus rasgos peculiares es que sólo se revela como gracia cuando ya lo hemos atravesado. A lo largo de nuestra vida existen muchas formas de ser empujados a él: una enfermedad larga, la soledad, una depresión, el dolor insoportable de ver sufrir a los que amamos, la impotencia ante la injusticia, la sensación de que las tierras que hemos intentado roturar y cultivar durante años siguen tan baldías como al principio.
Israel vivió el desierto como una realidad ambivalente: a veces como lugar terrible (Dt. 8,15); otras, como un ideal perdido (Jer. 2,1). Lo sembró de murmuraciones, de quejas, de desconfianza y de amargura.
Ya Agar, la esclava de Sara, había vagado dando alaridos por el desierto de Berseba, alejándose de su pequeño para no verle morir de sed (Gen. 21,16). Ellas se echaría derrotado, debajo de un arbusto deseándose la muerte (1 Re. 1,4). Jesús sintió hambre y tentación en el desierto de Judea y agonizó de angustia en el desierto verde de Getsemaní (Mat. 26,38); los discípulos supieron, después de su muerte, lo que era el sequedal espantoso de la decepción y el fracaso.
Pero Israel comprendió, cuando ya estaba en la tierra, que el desierto había sido la etapa de su amor juvenil y escuchó, como una novia estremecida, que el Señor quería llevarle allí otra vez para hablarle al corazón (Os. 2,16). A Agar le fueron abiertos los ojos para que viera que había un pozo cerca y Elías llegó hasta el Horeb con la fuerza del pan y del agua que había encontrado a su lado al despertar. A Jesús lo sacó el Padre del desierto de la muerte para llevarle a la tierra que mana leche y miel de la resurrección y su presencia inundó, como un torrente de gozo, el corazón de sus amigos.
A nosotros el desierto puede liberamos del engaño de creernos autosuficientes. Nos hace tocar nuestra fragilidad y nuestros limites y encontrarnos de frente con la verdad de qué débiles y desvalidos somos y de cuánto necesitamos de los otros. Es tiempo de dejarse podar y de permanecer, de quejarse sin llegar a rendirse. El que consiente a esta etapa de empobrecimiento, sale de ella más despojado y más libre, más tolerante con la debilidad de los demás, menos rotundo en lo que afirma y más dispuesto a aceptar que se equivoca. Quizá ya no pisa tan firme como antes, pero ahora sabe aguantar y esperar mejor y la soledad ha dejado de darle miedo.
Pero si sólo fuera esa la vivencia del desierto ¿qué "gracia" tendría eso?. Lo que resulta insólito es que un lugar de carencia se convierta en un lugar de abundancia. Los Profetas nos hablan de un desierto que se regocija y florece como flor de narciso (Is. 35,2); de una estepa que se convierte en un camino real (Is. 40,3); de cumbres peladas que se convierten en manantiales (Is. 40, 18); de una tierra yerma a la que, de pronto, inunda un río y se llena de árboles frutales que dan cosecha doce veces al año (Ez. 47,12). El alimento que el pueblo come en el desierto es exquisito, "manjar de ángeles, pan de mil sabores a gusto de todos" (Sáb. 16, 2.20). En aquel lugar despoblado al que la gente ha seguido a Jesús, hay yerba verde para que puedan recostarse y "comieron hasta saciarse y recogieron los trozos sobrantes: doce canastos llenos" (Mat, 14, 15.20).
Ha estallado el milagro de la desproporción, se ha producido el salto al otro lado del cálculo y de la medida, la negatividad ha desvelado su otro rostro. Los que mejor lo saben, son aquellos que se han acercado a las zonas marginales de nuestro mundo y han escuchado ahí el rumor de otra agua y el florecer de otra sabiduría. "Expertus potest credere..." cantábamos en el "Iesu dulcis memoria" y sigue siendo verdad. Hay una experiencia de cambio profundo de sensibilidad de la que sólo saben los que han plantado su tienda en el descampado de los que carecen (de pan, o de libertad o de ciencia, o de salud...). Cuando se entra en relación con lo elemental de la vida y sobre todo, con personas a las que no alcanzan los engaños y complicaciones del orgullo, puede acontecer una novedad absoluta que hace posible la fraternidad.
En una escena de "Los santos inocentes", los señores celebran un acontecimiento familiar en el comedor lujoso de la casa, en medio de un silencio tenso. La fiesta está abajo, en la explanada soleada del cortijo, donde los aparceros ríen, comen y se pasan el vino en torno a una tosca mesa sin manteles. Llegar a conocer esa fuerza transformadora de lo de abajo, es algo que está fuera del alcance de los "sabios y entendidos" porque el Padre la revela a los que quiere. Sólo desde ahí se descubre por qué gana el que se decide a perder y se participa en la fecundidad escondida de aquel que "creció entre nosotros como una raicilla de tierra árida" (Is. 53,2). (Dolores Aleixandre)