sábado, 25 de enero de 2014
nuestra alma...
"Dios creó nuestra alma para que sea su propia ciudad y el lugar de su descanso.Esto es lo que más le place de toda la creación.Y cuando habíamos caído en el dolor y el sufrimiento,ya no eramos aptos para tan noble oficio.Pero nuestro buen Padreno se preparó otro lugar para morar, sino que, en cambio, se sentó sobre la tierra, esperando a la humanidad, esa misma sacada del barro, hasta queen el tiempo fijado por la gracia, su amado Hijodevolvió a esta ciudad su noble belleza, a través de su grandiosa obra".
la fe...
«Una fe puede debilitarse, tender
a cero, incluso sin haber sido sacudida por la duda, vaciándose, exteriorizándose,
pasando gradualmente de la vida al mero compromiso; puede incluso endurecerse y
tomar la apariencia de la fe más robusta porque la corteza se ha endurecido,
pero en un tronco que se ha quedado vacío».P. de Lubac
jueves, 23 de enero de 2014
canonización de santa Rafaela María - 23 de enero 1977
Santa Rafaela María del Sagrado Corazón
«De esta fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, Pío XII dijo que fue una mártir en la sombra. Compartió el mismo ideal con su hermana, aunque dentro de la orden tuvo que vivir también la separación de ella que le fue impuesta»
Madrid, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 466 hits
En esta festividad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra la vida de Rafaela María del Rosario Francisca Rudesinda Porras y Ayllón. Nació en Pedro Abad, (Córdoba, España) el 1 de marzo de 1850 en una familia de alta posición social. Fueron trece hermanos, once varones, su hermana Dolores y ella. A los 4 años perdió a su padre. El 25 de marzo de 1865, a los 15 años, en la parroquia de san Juan de los Caballeros hizo voto de castidad perpetua. Quizá no tenía claro lo que iba a ser de su vida, pero apuntaba claramente a la consagración. Todo eso se concretó muy pronto cuando en 1869, alrededor de sus 19 años, pasó por el nuevo y duro trance de ver morir a su madre hallándose sola junto a ella: «Prometí al Señor no poner jamás mi afecto en criatura alguna». Después, las dos hermanas, que compartían similares ideales, acrecentaron su piedad y las obras de caridad.
Una vez que se casaron dos de sus hermanos, y tras la prematura muerte de otro en 1872, pensaron dar un giro a su vida haciéndose carmelitas en su ciudad natal. En 1873 seguían las directrices del sacerdote, D. José María Ibarra. Y en 1874, asesoradas por él, ambas hermanas convivieron junto a las clarisas de Córdoba pasando por una fecunda etapa de reflexión. Entonces conocieron al buen sacerdote, D. José Antonio Ortiz Urruela, que fue decisivo en sus vidas. Siguiendo su consejo, en 1875 se pusieron en contacto con la Sociedad de María Reparadora como postulantes. Al tomar el hábito eligieron el nombre: Rafaela, el de María del Sagrado Corazón, y Dolores, el de María del Pilar.
En 1876 la Sociedad se trasladó a Sevilla, y las dos hermanas permanecieron en Córdoba con otras novicias, bajo el amparo del obispo, fray Ceferino González. Éste las apoyó para que en diciembre de ese mismo año pusieran en marcha el Instituto de Adoradoras del Santísimo Sacramento e Hijas de María Inmaculada. Después diría: «Yo no quiero ser Fundadora», pero no hubo marcha atrás, e incluso fue elegida Superiora. La comunidad vivía en conformidad con las Reglas de san Ignacio. Pero en un momento dado, les avisaron de que el prelado quería intervenir en su forma de vida, y determinaron salir de noche catorce novicias, junto a Rafaela María, camino de Andujar. En Córdoba permanecía Dolores para notificar el hecho. En Andújar se alojaron en el Hospital de las Hijas de la Caridad. La santa decía: «Yo me encuentro con valor y fuerzas muy grandes, porque tengo puesta mi confianza en el Señor, en que nos ayudará siempre porque no deseamos más que su honra y su gloria».
De Andújar se trasladaron a Madrid, abriendo otra casa en el barrio de Chamberí. Al morir D. José Antonio, recibieron la ayuda del jesuita, P. Cotanilla, y del obispo auxiliar Sancha. En 1877 el cardenal Moreno les concedió la aprobación diocesana y diez años más tarde, el papa León XIII aprobó la Congregación con el nombre de Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Su deseo era que todas se vinculasen al ardiente anhelo de su corazón: «Que todos lo conozcan y lo amen». Ella seguía su camino de oblación, sabedora de que era la única vía para unirse a Dios. Así lo consignaba en sus ejercicios espirituales. Y Dios la escuchó. En 1892 tenía 43 años y aún le quedaban 32 más de vida cuando abatió sobre ella la «noche oscura». Estaban en un momento fecundo para el Instituto, y en medio de él brotaron las malas hierbas de la desconfianza y la incomprensión, una «aniquilación progresiva y de martirio en la sombra», como dijo Pío XII.
Ante las graves dificultades de gobierno, renunció al generalato en Roma a favor de su hermana Dolores, y quedó relegada por completo al olvido, realizando duros trabajos y sufriendo constantes humillaciones, mientras se inmolaba con la vivencia heroica de la humildad y el perdón. En su soledad y silencio renovaba su espíritu de reparación por los pecados del mundo, pensando únicamente en la gloria de Dios. Así se abrazó a la cruz. «En el no hacer está mi mayor martirio. Dios me pide ser santa. Yo no puedo dejar de serlo sin despreciar Su santo querer. Si logro ser santa, hago más por la Congregación, por las hermanas y por el prójimo, que si estuviese empleada en los oficios de mayor celo. Mi espíritu gime, pero vale más agradar a Jesús gimiendo que riendo […]. El gozo será en la otra vida. Jesús me ama mucho y esto me debe alentar siempre».
Dios le otorgaba dones extraordinarios. Solo pudo salir de la casa de Roma para ir a Loreto, a Asís y a España, donde no le fue permitido visitar a su hermana en Valladolid, ciudad en la que se hallaba retirada también del gobierno de la Congregación. Su consuelo era rezar de rodillas durante horas ante el Santísimo Sacramento al punto de quedar afectadas por una grave lesión. Murió el 6 de enero de 1925 (Año Santo). Pío XII la beatificó el 18 de mayo de 1952, y Pablo VI la canonizó el 23 de enero de 1977.
(06 de enero de 2014) © Innovative Media Inc.
martes, 7 de enero de 2014
Beato Pedro Fabro sj
idem.
6 de enero 1543
215. Tuve también un gran deseo, mientras estaba en la misa, que se cantaba en el altar de los tres Reyes; y era que se me diese gracia de dejar detrás de mí varias memorias, aun externas, de Dios y de sus santos; o que si ha de borrarse esta memoria en estas partes, yo primero deje de estar en la memoria de los vivos y en este mundo. Porque ¿qué habría para mí en la tierra (me parecía a mí), sino hubiera en ella memoria de Dios y de sus Santos?
Estas cosas me ocurrían con ocasión de las imágenes de los Santos y de las pinturas exteriores de los misterios de Cristo, que entonces y otras veces siempre me han sugerido varios recuerdos e inteligencias de las cosas santas. Y por estas cosas crecía en mí el amor y reverencia hacia el Reverendísimo Señor Alberto, Arzobispo y príncipe de Maguncia, que tanto cudiado en toda su vida ha tenido y tiene con las reliquias de los Santos y recuerdo de ellos que han de ser conservados y transmitidos a los venideros; la cual exterior memoria tanto es más necesaria, cuanto menos la aprecian los hombres y están más fríos. Porque cuando esto sucede, si las imágenes y demás objetos, que son como muestra y figura de las realidades y las personas, divinas, no estuvieran muy adornadas, sería fácil que llegaran los hombres a despreciarlo todo. Porque ¿cómo no se despreciarían facilísimamente todas las cosas sagradas si sin dignidad y decoro fuesen tratadas, siendo así que se desprecian y casi del todo, aun cuando se administran con el mayor ornato?
lunes, 6 de enero de 2014
adorar es...
Adorar
Es acoger el
proyecto de Dios, dejarse en sus manos sin límites.
Es recibir la vida
que Dios nos regala, con sus altibajos, penas y alegrías.
Y responder a la
vida con amor.
Beato Pedro Fabro sj
Del "Memorial del Beato Pedro Fabro S.J.".
(Ediciones Diego de Torres).
6 de enero 1543
213 El día de la Epifanía del Señor, que es la fiesta de los Reyes, sentí grandes consolaciones espirituales; y primeramente en el acostumbrado discurso de mis letanías en que todo procuré traerlo a que todos los Santos se dignasen adorar en mi nombre a Dios todopoderoso y a su Cristo, Jesús, Señor nuestro.
Aquí, con sentimento de mi alma, deseé qu todos los movimientos exteriores de mi cuerpo y todas las mociones que se dirigen a Dios, sean siempre aceptos al mismo Dios, aun cuando el corazón, y aun el mismo espíritu, que es más independiente de la carne, no sepan algunas veces levantarse hacia arriba. Sentí aquí una cierta compasión por las afrentas que Jesucristo nuestro Señor padeció en su vida hasta la muerte, tan al revés del homenaje que recibió de los tres Reyes.
214. Y aquí tuve un cierto deseo que me fuese concedida la gracia de nunca gozarme sino en Dios o en el prójimo y nunca entristecerme por mis incomodidades temporales, sino sólo por aquellas que son de mis prójimos o se refieren al mismo Dios. Y tuve muy buena estimación y ponderé las buenas obras de varias personas, que o en mí, o en otros, o en Dios se ocupan, trabajando de cualquier modo que sea.
domingo, 5 de enero de 2014
san Juan de la Cruz
LLAMA DE AMOR VIVA
Canciones del alma en la íntima comunicación,
de unión de amor de Dios.
Canciones del alma en la íntima comunicación,
de unión de amor de Dios.
1. ¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
2. ¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando. muerte en vida la has trocado.
3. ¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su Querido!
4. ¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
viernes, 3 de enero de 2014
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
SANTA MISA EN EL DÍA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Iglesia del Gesù, Roma
Viernes 3 de enero de 2014
Viernes 3 de enero de 2014
San Pablo nos dice, lo hemos escuchado: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2, 5-7). Nosotros, jesuitas, queremos ser galardonados en el nombre de Jesús, militar bajo el estandarte de su Cruz, y esto significa: tener los mismos sentimientos de Cristo. Significa pensar como Él, querer como Él, mirar como Él, caminar como Él. Significa hacer lo que hizo Él y con sus mismos sentimientos, con los sentimientos de su Corazón.
El corazón de Cristo es el corazón de un Dios que, por amor, se «vació». Cada uno de nosotros, jesuitas, que sigue a Jesús debería estar dispuesto a vaciarse de sí mismo. Estamos llamados a este abajamiento: ser de los «despojados». Ser hombres que no deben vivir centrados en sí mismos porque el centro de la Compañía es Cristo y su Iglesia. Y Dios es el Deus semper maior, el Dios que nos sorprende siempre. Y si el Dios de las sorpresas no está en el centro, la Compañía se desorienta. Por ello, ser jesuita significa ser una persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto: porque piensa siempre mirando al horizonte que es la gloria de Dios siempre mayor, que nos sorprende sin pausa. Y ésta es la inquietud de nuestro abismo. ¡Esta santa y bella inquietud!
Pero, porque somos pecadores, podemos preguntarnos si nuestro corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o si, en cambio, se ha atrofiado; si nuestro corazón está siempre en tensión: un corazón que no se acomoda, no se cierra en sí mismo, sino que late al ritmo de un camino que se realiza junto a todo el pueblo fiel de Dios. Es necesario buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo aún y siempre. Sólo esta inquietud da paz al corazón de un jesuita, una inquietud también apostólica, no nos debe provocar cansancio de anunciar el kerygma, de evangelizar con valentía. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica. Sin inquietud somos estériles.
Ésta es la inquietud que tenía Pedro Fabro, hombre de grandes deseos, otro Daniel. Fabro era un «hombre modesto, sensible, de profunda vida interior y dotado del don de entablar relaciones de amistad con personas de todo tipo» (Benedicto XVI, Discurso a los jesuitas, 22 de abril de 2006). Pero era también un espíritu inquieto, indeciso, jamás satisfecho. Bajo la guía de san Ignacio aprendió a unir su sensibilidad inquieta pero también dulce, diría exquisita, con la capacidad de tomar decisiones. Era un hombre de grandes aspiraciones; se hizo cargo de sus deseos, los reconoció. Es más, para Fabro es precisamente cuando se proponen cosas difíciles cuando se manifiesta el auténtico espíritu que mueve a la acción (cf. Memorial, 301). Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. He aquí la pregunta que debemos plantearnos: ¿también nosotros tenemos grandes visiones e impulsos? ¿También nosotros somos audaces? ¿Vuela alto nuestro sueño? ¿Nos devora el celo? (cf. Sal 69, 10) ¿O, en cambio, somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no está en ella misma y en su capacidad de organización, sino que se oculta en la aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos y los deseos ensanchan el corazón. Es lo que dice san Agustín: orar para desear y desear para ensanchar el corazón. Precisamente en los deseos Fabro podía discernir la voz de Dios. Sin deseos no se va a ninguna parte y es por ello que es necesario ofrecer los propios deseos al Señor. En las Constituciones dice que «se ayuda al prójimo con los deseos presentados a Dios, nuestro Señor» (Constituciones, 638).
Fabro tenía el auténtico y profundo deseo de «estar dilatado en Dios»: estaba completamente centrado en Dios, y por ello podía ir, en espíritu de obediencia, a menudo también a pie, por todos los lugares de Europa, a dialogar con todos con dulzura, y a anunciar el Evangelio. Me surge pensar en la tentación, que tal vez podemos tener nosotros y que muchos tienen, de relacionar el anuncio del Evangelio con bastonazos inquisidores, de condena. No, el Evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor. Su familiaridad con Dios le llevaba a comprender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre juntas. Escribe en su Memorial que el primer movimiento del corazón debe ser el de «desear lo que es esencial y originario, es decir, que el primer lugar se deje a la solicitud perfecta de encontrar a Dios nuestro Señor» (Memorial, 63). Fabro experimenta el deseo de «dejar que Cristo ocupe el centro del corazón» (Memorial, 68). Sólo si se está centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo. Y Fabro viajó sin descanso incluso a las fronteras geográficas, que se decía de él: «Parece que nació para no estar quieto en ninguna parte» (mi, Epistolae i, 362). A Fabro le devoraba el intenso deseo de comunicar al Señor. Si nosotros no tenemos su mismo deseo entonces necesitamos detenernos en oración y, con fervor silencioso, pedir al Señor, por intercesión de nuestro hermano Pedro, que vuelva a fascinarnos: esa fascinación por el Señor que llevaba a Pedro a todas estas «locuras» apostólicas.
Nosotros somos hombres en tensión, somos también hombres contradictorios e incoherentes, pecadores, todos. Pero hombres que quieren caminar bajo la mirada de Jesús. Somos pequeños, somos pecadores, pero queremos militar bajo el estandarte de la Cruz en la Compañía galardonada con el nombre de Jesús. Nosotros, que somos egoístas, queremos también vivir una vida agitada por grandes deseos. Renovemos así nuestra oblación al Eterno Señor del universo para que con la ayuda de su Madre gloriosa podamos querer, desear y vivir los sentimientos de Cristo que se despojó de sí mismo. Como escribía Pedro Fabro, «no busquemos nunca en esta vida un nombre que no se relacione con el de Jesús» (Memorial, 205). Y pidamos a la Virgen ser puestos con su Hijo.
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